FRAGMENTOS DE RICARDO, EL DUELO
- 31 jul 2017
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Alto y corpulento, burlón y sarcástico, ácido y negro, es Ricardo, mi duelo. Suele vomitar sus excesos sobre mi cerebro, vómitos con problemas gástricos, drogas e insultos. Es hombre porque las mujeres no son duelos sino, ansiedades:
—¡Mírame vomitar, imbécil! ¡Es lo que mereces, masoquista de mierda!—, me grita Ricardo en medio de un vómito largo, lo hace a pausas agitadas. Escucho su respiración obstruida, enferma. Tráquea agrietada. Aprieto las cejas y lo miro hincado sostenido a la taza del baño. Bebo café de mi taza. No pienso en beber alcohol. Hoy no estoy obsesivo con eso. Iré a correr. Sí. Iré a correr con Ricardo, de noche. Mientras corro me esperará entre los árboles obscuros del parque y me dirá: —¡Corre más rápido, basura! ¡Pareces una hormiga con miedo!—Entonces aceleraré y llegaré al puente de la avenida roja. Identifico todas las cosas con colores. El mundo para mí son colores. Llegaré al puente gris y abandonaré a Ricardo, el camaleón, mi duelo, Ricardo, el multicolor. Estoy decidido. Lo dejaré. Me arrojaré del puente gris y conmigo caerá la mujer que amo, que amé, que odio. No me perseguirá más. —¡Te odio, carajo!, ¿por qué me hiciste amarte así?, ¿por qué me lastimas ahora?—lanzaba esa mujer del color de un pantano, lo hacía sobre todas las ventanas de todos los departamentos en que vivimos. —Cambiar de departamentos no nos hace querernos más, querida, pero sí escalar en el odio. Mejor abre tus piernas como las alas de una mariposa—, le decía en el oído -donde habla la muerte- y la penetraba hondo y duro, casi como un duelo. Cerrábamos los ojos y veíamos a Julia y Sofía, y Ricardo era entonces un coito impensable.

Pintura de: Francis Bacon (1909-1992)




















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