FRAGMENTOS DE RICARDO, EL DUELO: MATT ELLIOTT LLEGÓ A MIS OÍDOS
- 31 jul 2017
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El aborto en todos los espejos. La ruptura de pareja en todos los azulejos de la casa. Ventanas rotas y la muerte de los muebles. Así llegó Matt Elliott a mis oídos. Llegó mientras el licor se evaporaba en mi memoria, mientras en el departamento se incendiaban dos cuerpos, mientras la nicotina plantaba el cáncer en mis pulmones. Eso era yo: un árbol enfermándose. Un árbol con plaga. Un árbol mutilado.

Drinking songs es un álbum obscuro, lapidario, hermoso. Acústico. También rojo. Voces de caverna, de gruta y grieta. Etéreo. Coros de sangre. De madera. Volátil. Colibrí del insomnio. Aquella noche de excesos no aprecié el álbum como lo aprecié cuando, melancólico e incendiado, estaba completamente solo: en quiebra económica, endeudado, sin mujer, sin licor, sin humo, con ropa perforada, con zapatos arrugados, solo, en un cuarto del tamaño de un baño, solo, sobre una cama y una tableta de la que emergían los acordes menores y las melodías autistas, repetitivas, de Matt. Matt, mi amigo. Mi compañero, aún hoy, de mis noches insomnes: ¿quién realmente no duerme?, ¿la noche o yo? Aprecié el álbum la segunda vez y no paré de escucharlo madrugada tras madrugada con un aditamento: benzodiazepinas. Tratamiento psiquiátrico. Fue cuando el disco voló por mi cerebro. Lo vinculo, desde entonces, con la calma, el sueño, la tranquilidad y el duelo. Este álbum es la primera parte de una trilogía, de la cual, en la última parte se lee The howling song. Song for a failed relationship, dos títulos de canciones contenidas en el disco. Me volqué.
A cuatro años de aquella última noche y de aquel último tratamiento psiquiátrico, escucho el álbum como se toma un ansiolítico antes de dormir o como se hace el amor antes de suicidarse o como se mira la luna antes de romper el vidrio de una ventana cuando tu víctima despertó.




















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