LA BARAJA DE HOY: UNA DE SUICIDAS
- 3 ago 2017
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Publicado en Ciudad y poder en noviembre del 2013.
No es posible incluir en la misma categoría, ni tratar de la misma manera, la muerte de un alienado, que se precipita desde una ventana elevada porque lo cree en el mismo plano que el suelo, que la del hombre sano de espíritu, que se mata sabiendo lo que hace. Émile Durkheim, “El suicidio” (1912). Virginia Woolf se ahogó, primero, con un abrigo. Colocó, después, en cada una de sus bolsas una piedra, sólida como sus fantasmas, certera como una voz, la última. Entonces se sumergió en el río, nada podría salir de allí, nada. Paul Celan se lanzó al Sena, la última vena los ríos, en estos dos casos. Pavese se encerró en un hotel de Turín, tragó somníferos. Sylvia Plath abrió las llaves del gas. Gérard de Nerval, después de pasear a su mascota langosta por la calle, se colgó de una farola. Mishima se abrió el vientre en un harakiri. Kurt Cobain se dio un tiro. Charly Parker, sobredosis de heroína, igual que Morrison, Hendrix, Joplin, Winehouse y el resto del club de los 27. Otro de 21, Sid Vicious, eligió a la misma droga, después de haber matado a su novia prostituta, un pacto suicida que él no se atrevió o no pudo, por su estado de intoxicación, consumar el mismo día. Al final alcanzó a su Eurídice Sandy en el Hades en un asesinato triangular, edípico, al inyectarle su propia madre la dosis letal. Deleuze se tiró de un sexto piso. Walter Benjamin se envenenó. Alfonsina Storni se fue con el mar. Horacio Quiroga ingirió cianuro. Y muchos otros artistas, poetas, filósofos y pensadores eligieron la vía del suicidio. Todos en la línea de la razón y la locura, de lo racional y emocional, de las adicciones y la fama. Todos en un contexto social específico. “El único problema filosófico verdaderamente serio es el suicidio”, escribió Albert Camus. Suicidas han habido muchos, y no todos famosos. Durkheim nos muestra en su tesis “El suicidio” muchos de estos que son, quizá, los importantes. El resto son eso: suicidas famosos. Nos cuenta Durkheim que en una garita un soldado se dio un tiro, a este le siguieron quince suicidios más en el mismo lugar. Una vez derrumbada la garita los suicidios cesaron. Suicidio por contagio, es como lo define este sociólogo francés. La vida matrimonial, contrario a lo que pueda pensarse, no es un factor de suicidio, pero sí la soltería. Conforme avanzan los años y alguien permanece soltero, tiene más tendencia a suicidarse que una persona que adquiere responsabilidades hogareñas. Es decir, los hijos, los pagos, los horarios, el trabajo y la presión conyugal no vuelve a los humanos más propensos al suicidio, al contrario: levanta nuestro instinto de preservación. Hay cinco propensiones suicidas infalibles: la guerra, la viudez, la melancolía, la crisis económica y la locura, según Durkheim. Hay un género más suicida: el masculino, por razones culturales patriarcales, meramente, de lo contrario sería el género femenino el de mayor índice de suicidio. Otra historia real: un hombre adinerado se suicida dejando a sus siete hijos una herencia lo suficientemente basta para llevar una vida tranquila y lujosa, los siete hijos se suicidan en los cuarenta años posteriores al auto aniquilamiento del padre, ¿suicidio por herencia? Durkheim apuesta por lo social como el factor más influyente de todo suicidio, aunque deja sesgos dudosos en algunos casos, como en éste último. Otro factor infalible: la neurastenia. Los neuróticos están más propensos al suicidio, más no a la locura. Recordemos que el neurótico, precisamente por su condición de extrema afectación que siente del exterior, permanece más atado a la realidad que un esquizofrénico, el cual disocia realidades debido a su maravillosa y tormentosa imaginación. Sin embargo, uno por realidad y otro por fantasía en demasía están al borde del autoexterminio. Nos dice Durkheim sobre el neurasténico: “Su debilidad muscular, su sensibilidad excesiva, que le hace incapaz para la acción, lo predisponen, por el contrario, para las funciones intelectuales, que también reclaman órganos apropiados”. Otro mito: el alcoholismo, éste no es un factor medular en los suicidas. Países con alto índice de alcoholismo como Dinamarca, poseen índices más bajos de suicidio que los que mantienen un índice de alcoholismo en menor escala. Otro mito: los suicidas no prefieren el frío, ni el otoño, ni el invierno, sino la primavera. Recuerdo el poema “Last poem” de Alberto Caeiro, uno de los heterónimos de Fernando Pessoa: “Es, quizás, el último día de mi vida./ He saludado al sol, levantando la mano derecha,/ pero no lo he saludado para decirle adiós./ He hecho una señal de que me gustaba verlo todavía, nada más.” Recuerdo, también, el cuadro “Morning sun” de Edward Hopper, en el que una mujer mira melancólicamente el amanecer desde la ventana de un cuarto de hotel. Rasgo: el suicidio altruista es aquel que se comete porque existe un amor más intenso que el que se tiene por uno mismo, generalmente se le tiene a una causa social o a una idea. Un ejemplo claro de este tipo de suicidio es el ejército. Mishima, me parece, está inmerso en este tipo de suicidio, pero no plenamente, basta con leer su libro “Confesiones de una máscara”, su novela autobiográfica donde nos relata su placer por el dolor y la violencia, ambas mezcladas con su condimento ideal: el sexo. Otro ejemplo de este tipo de suicidio es el de las culturas prehispánicas al ser colonizadas, muchos mesoamericanos se suicidaron al mirar su pueblo destruido. Tan grande era el dolor de la imagen que estaba frente a sus ojos que eligieron quitarse la vida. Cuenta Esquirol citado por Durkheim: “Los historiadores aseguran que los peruanos y los mexicanos, desesperados por la destrucción de su culto se mataron en tan gran número, que perecieron más por sus propias manos que por el hierro y el fuego de sus bárbaros conquistadores”. El melancólico es un tipo de suicida que Durkheim agrupa en los “egoístas”, quienes en un destructivo aislamiento canalizan su vida narcisistamente, contemplándose únicamente a ellos mismos: “Aquél, cuya completa actividad se convierte en pensamiento interior, se hace más insensible a todo lo que le rodea. Si ama, no es para entregarse, para no unirse en unión fecunda, a otro ser fuera de él; es para meditar sobre su amor. Sus pasiones sólo son de imágenes, sin producir nada que les sea exterior.” Susan Sontag, en su ensayo “El artista como sufridor ejemplar” adjudica al cristianismo la sufrida y suicida vida del poeta italiano Cesare Pavese; este sufrir para demostrar amor, tal como lo hizo Cristo. Durkheim no deja la religión de lado: “Si nos queremos sustraer a esta causa de error, y determinar con más precisión la influencia del catolicismo y la del protestantismo sobre la tendencia al suicidio, es preciso que comparemos ambas religiones en el seno de una misma sociedad”. No olvidemos que el cuadro depresivo consumado consta de cuatro etapas: tristeza, aislamiento, melancolía y suicidio, Pavese cumple cabalmente con este cuadro. Por último, debemos considerar que el libro de Durkheim fue publicado en 1912, el suicidio ha cambiado a lo largo de un siglo. No obstante, es la obra más completa que se ha escrito sobre el tema y ha mostrado, desmentido y desmitificado muchas idealizaciones que tenemos sobre los suicidas. Actualmente el libro está publicado por las editoriales Colofón y Fontamara en aceptables traducciones, son de fácil encuentro en cualquier librería judía, del Sótano, del Fondo o afines. Sea esta columna una breve incitación para adentrar al lector al tema y a sus referencias bibliográficas.

El suicidio (1877), Manet.




















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