EL HOMBRE DE LOS ÁRBOLES
- 1 oct 2018
- 3 Min. de lectura
A mi alumno Saúl y sus historias que escribe y me muestra
Tendríamos que hablar del hombre que escupe pájaros y en otra boca del que se mata cuando los ve. Ayer lo vi deambular por la calle y detenerse detrás de un árbol. Lo vi desde la ventana del departamento. Descubrí algo: antes de arrojar un pájaro por la boca arroja una palabra, escupe saliva con flema y después arroja una palabra y después un pájaro. La única persona que conocí que escupía conejos terminó lanzándose de un puente y encerrado en las celdas de un libro; nuestro personaje, en cambio, hace de los puentes un lugar del saber: bocanadas de humo como pensamientos en el aire. Atardece. Lo veo no fumar en el puente, también desde la misma ventana, arroja humo como arroja pájaros. No fuma. Nunca lo he visto fumar. Las personas que fuman no tienen alas por dentro, ni picos ni plumas y, si los tienen, los incendian. Otra manera de morir, meramente. Como muchas. El hombre que escupe pájaros, en cambio, es un ser vital. Saliva, flemas, humo y pájaros.
Hablemos de la palabra: tras ser escupida crece conforme camina: inicia del tamaño de un insecto y termina del tamaño de un lobo, entonces corre velozmente, huyendo. Así es el miedo. Todas las palabras que escupe son mancas y rabiosas, salivan, están enfermas. Lo miré aquella vez que escupía (y no ahora cuando no fuma) y descubrí a un adolescente: recogía las palabras que escupía el hombre y las guardaba cuando aún eran del tamaño de un insecto, las metía en su mochila y corría, ¿qué hace ese adolescente encerrado en un cuarto con esas palabras? Está por demás gritar que nuestro hombre escupe siempre junto a un árbol como alguien que se siente acechado por un cazador y se esconde sabiendo que el ritual de escupir le provoca convulsiones parecidas a las de una tarántula cuando muda de piel y el ruido lo delatará, entonces se resigna a ser descubierto y abatido, a escupir sangre o aves, según como se lea.
He espiado al adolescente, lo cazo, deseo descubrirlo. Instalé una cámara en el primer árbol frente a la ventana de su cuarto, descubierta la cámara la destruyó, en tiempo real vi que la destruyó y también vi que con las palabras hacía lo único que se puede hacer con ellas: decirlas, gritarlas, callarlas y escribirlas. Hoy, antes de ver de nuevo al hombre que escupe, vi al adolescente anudar una soga al árbol y decir palabras en silencio. Sé que se las decía a sí mismo en silencio. Tras anudar colocó su cuello en la soga, se tomó una foto con su celular y lo dejó caer al piso. Lo filmé. Cercado por la culpa abandoné la cámara y corrí a rescatarlo. Trepado sobre mis hombros y con el peligro de la muerte fuera de cualquier lente, arrojó por la boca palabras como se arrojan pájaros:
—¡Qué haces!, ¡no me estás rescatando!, ¡estás suicidándome de otra forma!
Desanudé la soga y la incendié frente a él sin decirnos nada. Calmados, le confesé que conocía al mismo hombre que él, ése que escupía saliva, rabia, flemas, palabras y pájaros. Le dije que era un hombre enfermo, que debía leer a otros autores que no estuvieran enfermos, que a su edad no se está preparado para leer a gente enferma. Quemamos juntos, sin decirnos nada, los libros donde el hombre escupe. En secreto llegué a mi escritorio y abrí un libro del hombre enfermo como quien ingenuamente cree que tiene la edad -o lo que deba tenerse- para leer a los enfermos, conlleva una sensación de acompañamiento hacia el convaleciente.
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