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UNA DE AGUJAS

  • 12 oct 2018
  • 1 Min. de lectura

Era común ver a Kurt Cobain en las pastelerías y cafeterías, como lo es ver a cualquier otro yonqui. Después de un latigazo de heroína suele aparecer el deseo por el azúcar. Paradoja terrible: un hombre que se mata siente hambre dulce tras una dosis que pudo haberlo fulminado. La eterna búsqueda de la destrucción paralela a la de la construcción nos dicta la existencia, paralíticos a los que se les dicta y no pueden escribir, nada más cúbico que la literatura de un incompleto.

O como aquel que creaba jazz, otro adicto, y gritaba: ¨¡esto lo estoy tocando mañana!¨ Punk y jazz poseen una misma máscara: la de la marginación. Es abominable escuchar esa música en las reuniones de intelectuales y artistas burgueses. Cobain millonario prefería irse a inyectar en los barrios bajos, baratos, en hoteles de prostitutas, alcohólicos y demás drogadictos, mundo al que siempre perteneció, del que siempre se consideró parte, porque el dinero no cura. No cura nada. Eso se cura de otra manera.

Mientras un negro se aferra a una trompeta, un blanco lo hace a una guitarra (y la rasga con la mano izquierda), uno más que no se aferró a nada se murió a los 21 años en el cuarto de un hotel barato tras asesinar a su novia a cuchilladas, sobredosis de heroína, su propia madre, por compasión, le inyectó la dosis letal. Habríamos que retratar el dolor, un enorme álbum del dolor, quizá habría menos búsqueda de disipación o lo haríamos por filtros de árbol y no por jeringas de plástico. Quizá habría menos madres que lloran.


 
 
 

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